
¿Pizza en la dieta? ¿Está loco, Don Lucho? ¡Anatema! ¡Horror! Discúlpeme, estimado, pero creo que no leyó bien el título y todavía no leyó la receta. No se alarme. Esta no es una pizza que chorrea grasa, como las que nos acechan en (casi) todas las pizzerías industriales. Tampoco es una inyección de harina blanca a la vena. Esto, mi amigo, es otra cosa. ¿Me acompaña?
Para empezar, ésta no es una pizza de masa. Uno de estos días tendré la paciencia de experimentar con harina integral y a ver si sale algo decente. Pero a falta de paciencia, hay buenos panes integrales en mi super (los llaman baguette integral). Por prudencia, lo primero que hago es cortalo en dos (arriba y abajo) y sacarle la miga. Lo que me queda es cascarita. Pasado el primer escollo.
Luego lo unto con pasta de tomate sin sal ni ingredientes adicionales. Puro y simple tomate. Su poquito de sal, su poquito de orégano.
Sobre la pasta de tomate le pongo, para darle cuerpo y contundencia unas rebanaditas de palta. Una pizca más de sal.
Sobre la palta, jamón de pechuga de pavo, el único embutido realmente inocente que uno puede encontrar. Francamente si no está a dieta, póngale un buen jamón de cerdo, como dios manda. Su pizza será, tal vez, más rica que la mía. Dije buen jamón. No Jamón de Pizza, como se conoce en los mercados peruanos uno de los subproductos más penosos del cerdo.
Sobre el jamón, rebanadas de tomate y sobre el tomate un chorrito leve de aceite de oliva.
Sobre el tomate, láminas de mozarella. He encontrado en el super una mozzarella de las que tienen forma de bolitas. Es muy buena, rinde bien.
Por último sobre la mozarella, otro poco más de salsa de tomate y una pizca de sal.
Ahora sí, todo al horno, de medio para alto, hasta el momento en que se ve que la mozarella está blanda.
En ese punto a mí me gusta encender el broiler, para darle un último golpe de calor y que la mozarella se empieza a dorar levemente.
De allí, al plato, del plato al tenedor, del tenedor a la boca. Mmmm, ohhh, ahh. Rico, rico, muy rico.
Y si le gustan las sensaciones fuertes, un platito con ají de pizza y otro con orégano para los valientes, y le hará un favor adicional a su paladar.
Eso es todo. No es una verdadera pizza, pero es mejor comida, más sabrosa, satisfactoria y buena que la mayor parte de pizzas que andan por allí. No lo digo, conste, con resignación, sino con la alegría del que tiene la barriga llena y el corazón contento.
Para el diabético el diablo de la pizza está escondido en la masa. Normalmente es harina blanca y grasa. Las dos son cosas de las que hay que cuidarse. Pero también en las salsas. Si usted mismo se cocina puede asegurarse que su salsa de tomate no tiene azucar añadido. En la calle, quien sabe. Y si, como muchos diabéticos, tiene que controlar su peso, los rellenos de las pizzas suelen ser un atentado al pudor. ¿Sabe la grasa que se está metiendo con los jamones y los choricitos varios que son tan ricos? Y por último la mozarella. Salvo contadas pizzerías que saben lo que hacen, lo que le darán no es mozzarella sino un queso industrial que se derrite de puro grasiento.














Me quedó casi perfecta la receta culinaria esta. Un poco sosa al final.
Cocinacutre.es
Un poquito más de sal sobre la salsa de tomate. Quizá un poco de pimienta. Yo le pongo toneladas de pimiento picante antes e hincarle el diente. Con eso nada queda soso :)
Me parece que voy a venir seguido porque acá se come muy bien, felicitaciones!