
Ya se me está haciendo costumbre aprovechar las recetas que me manda mi infatigable amigo Jaime S. Probablemente venimos de herencias culinarias muy distintas, y a eso se ha de deber que me sorprenda con combinaciones enteramente lógicas que no se me habían ocurrido nunca. Ésta es una de ellas. A mí me gusta mucho la albahaca. Todas las albahacas: la verde, la morada, la pequeñita que los brasileños llaman mangericão. La como en ensaladas, la incorporo a toda suerte de guisos, pero sobre todo es el ingrediente principal de los fideos verdes, como llamamos en el Perú a nuestra versión del pesto, basada probablemente en el pesto genovés que originalmente se hace con albahaca, parmesano, aceite de oliva y piñones. Creo que no hay semana, o por lo menos quincena, que en esta casa no se coma este plato. Me arrepiento de decirlo, pero es un plato tan entrañable que ahora caigo en cuenta que no lo he puesto entre las recetas. La próxima lo ponemos, con algunas de sus variantes, en las que Alicia es maestra, dueña y señora.
Por otro lado, soy devoto consumidor de aguacates o paltas como se llaman en estas latitudes. Jamás faltan en casa. Sin paltas en el frutero, me siento desnudo. Me envicié con ellas cuando estaba en el colegio, y el único sandwich barato que vendían en el kiosko era un pan con palta que el inefable kiosquero Móises (con acento en la o) vendió al mismo precio -un sol- durante mis cinco años de secundaria. Mi promedio deben haber sido 2 panes con palta al día, cinco días por semana, nueve meses por año. Son muchos. Casi dosmil. Y todos me parecieron estupendos.
Pero nunca se me había ocurrido combinar los dos sabores. Unir la albahaca mediterránea, el fragante aceite de olivo y la palta local en una sola crema, un solo corazón. No se si nunca se me ocurrió por falta de imaginación o por incultura culinaria, pero cuando vi la receta de Jaime, sentí que me había perdido algo importante demasiados años. Así en cuanto pude tener a mano una buena palta bien madura y un atado de albahaca, procedí inmediatamente a prepararla.
Creo que la receta original era más moderada que la mía. Yo la hice a lo bestia. Simplemente puse todo el atado de albahaca en la licuadora con suficiente aceite extravirgen como para que me quedara una pasta, y la mezclé en un bowl con la palta que previamente había aplastado a punta de tenedor. Sazoné con sal y un toque de pimienta y listo. Lo que probé era un manjar del cielo.
Preparé los fideos, esta vez fettucini de quinua, pero podrían haber sido otros, qué más da, y simplemente los mezclé calientes con la salsa a temperatura ambiente, cruda, sin siquiera entibiar. No me gusta cocinar la palta ni la albahaca.
Prescindí deliberadamente del queso rallado. Realmente no lo extrañé, pero cuando, a la noche, me comí el calentao, le puse un poco de parmesano y quedó estupendo. Por alguna razón, palta y albahaca, que no son una combinación común resultaron ser una de esas parejas hechas en el cielo.
Hay gente que come albahaca con precaución porque la siente indigesta. No es mi caso, pero lo que sí es verdad, es que la albahaca llena. Uno puede comerse catorce lechugas y sigue con hambre, pero un puñadito de albahaca tiene el don de hacerlo sentir como si se hubiera devorado un banquete. Se lo digo por si acaso. Si siente que es demasiado fuerte para usted, no construya su plato con tanta exageración. Pero de veras no se pierda la combinación de albahaca con palta. Sobre todo si tiene la suerte de vivir en el Perú o en México, que en mi modesta experiencia son los paraísos de la palta o aguacate. Amigos españoles, malas noticias para ustedes. Realmente tienen que viajar por estas tierras para encontrar paltas que merezcan el nombre y su entusiasmo.














Y para quien le gusta experimentar como a nosotros las variantes de pesto son muchas, como arúgula con palta, o con una lechuguita amarga que me hicieron probar el otro día con la que se hace el wasabi y ahora la siembran en Pachacamac (no recuerdo bien el nombre).
También tengo unas muestras de aceite de pepa de palta que me han regalado y que ya le haré llegar un poco para buscarle aplicaciones.
Don Jaime, esa propuesta me entusiasma. Tendría que haber probado las lentejas que hoy coroné con ensalada de palta bien regada de su vinagre quebranta
me jacto de mi pesto, pero esa combinación no me había ocurrido jamás…claro la desventaja de vivir en europa es no tener paltas buenas…qué se hace, a falta de tortas…ya sabemos lo que viene…manana mismo lo pruebo…gracias. Mónica
A mí tampoco se me había ocurrido, somos colegas en nuestra falta de imaginación. Pero está a tiempo de subsanar esa carencia. ¿Cómo es su pesto?
soy un Itamae casi autodidacta,con inclinaciones culianrias bien sesgadas a frutos del mar yuno d emis platos favoritos son los fetuccinis al pesto , plato heredado d emi papa,al que el le añadia las infaltables papas amarillas qu elas cortaba y las comia con el pesto, lo recomiendo. hoy mismo preparare esta combinacion que se ve retadora y espero encontrar la mezcla correcta de palta y albahaca para presentarlo en “publico” a mis buenos amigos sibaritas. t e felicto por la pagina, la acabo marcar como favorita.
QUE DELICIA DE PLATO
no para malograrlo sino para apoyarlo mi Mama le ponia Papa Blanca en rodaja y un clasico apanado ancho de hoja de Biblia!!!
QUE PLATO MAS RICO
Don Alberto y don Miguel, el apanado es el acompañante peruano natural de todos los pestos, y yo también los he comido con papas, pero hoy ya no le entro al carbohidrato doble. O papa, y poca, o pasta. Las dos juntas, nídeas.