Como siempre, las mejores cosas pasan en la cocina cuando uno sabe escuchar a sus ingredientes y cuando lo sacan a uno de apuros.

Mi apuro era que habían cortado el agua para limpiar el tanque, y sólo tenía una pequeñísima reserva, así que me puse a hacer un balance de mis ingredientes.

Vi que tenía a mano unos cuantos tomates amarillos que me habían quedado de la compra de hace un par de semanas y un hermoso pimiento morrón igualmente amarillo. Juro que sentí que me dijeron: Don Lucho, hágase algo con nosotros, una ensaladita, una salsa para sus fideos. Mire lo bien que nos queda este amarillo tan vivo en un día de sol. Pero, como saben mis amigos de Facebook ayer cociné fideos con salsa huancaína, y dos pastas al hilo, ni hablar. ¿Ensalada? Tal vez. Pero anoche cené una ensalada tan pantagruélica que el espectáculo de verduras crudas no me parecía demasiado sexy.

Pero no quería despreciar al morrón y a los tomates. Además en un par de días estarían fuera de combate, y desperdiciar comida va contra los principios de mi religión. En eso estaba, cuando desde el fondo de la refrigeradora escuché la voz de la salsa huancaína de ayer, que gritaba  ¡Yo también, don Lucho, yo también soy amarilla! No necesité mas para saber exactamente lo que haría.

Todavía no me quedaba claro con qué redondear el almuerzo, cuando desde el patio donde viven escuché la voz de los plátanos bellacos: Estamos bien maduros, don Lucho, tan amarillos como los tomates, la salsa y el morrón. Cuente con nosotros.

No necesité más que estos mensajes claros para encontrar lo que quería hacer, y en estricto orden cronológico fue así:

  1. Tome mis plátanos bellacos maduros, les hice un tajo de la cabeza a los pies y los puse en una fuente con papel aluminio dentro del horno. Así no ensuciaría nada y no tendría nada que lavar para esta parte del almuerzo en  este día de sequía. Puse el horno a 350 F  - 180 C .
  2. Puse a descongelar un lomito magrísimo de cerdo que ya tenía cortado en medallones.
  3. Al pimiento morrón lo puse directamente sobre el fuego, lo quemé hasta que quedó negro como un teléfono de los de antes,  lo pelé con la ayuda de unas toallas de papel, y lo piqué muy pero muy menudito, como si fuera casí una pasta
  4. Con el mismo entusiasmo piqué mis cuatro o cinco tomates amarillos, no sin antes extraerles todas las semillas
  5. Acto seguido, los puse a freir con poquito aceite de oliva en una sartén honda de teflón.
  6. Cuando los tomates empezaron a secarse, volqué en la sartén mi morrón picado
  7. Cuando la mezcla se empezó a secar a su vez, incorporé como media taza de salsa huancaína. ¿No sabe qué es salsa huancaína? Eso es una omisión imperdonable. ¿Quiere hacer una huancaína gloriosa y no sabe cómo? Aquí tiene la receta. Léala, incluso si su huancaína es buenaza. Siempre se puede aprender algo nuevo.
  8. Agregué, por razones de aroma, una buena cucharada de cáscara de naranja en polvo de Samaca.
  9. Ajusté la sal y apagué el fuego.
  10. Volví a la cocina cuando los plátanos empezaron a gritar alborozados que ya estaban listos. Y no me diga que la comida no puede gritar. Simplemente que no lo hace con sonidos, sino con olores. Yo siempre se que las cosas están en su punto cuando su aroma invade la casa. Los plátanos bellacos son especialmente elocuentes.
  11. Abrí el horno para verlos. Estaban como se pide, chumbeque, botando la espumita acaramelada que puede ver en la foto. Apagué el fuego y los dejé para que descansaran tantito.
  12. Como las cosas bien hechas tienen todas los mismos tiempos, el chancho que había dejado dentro de su bolsa plástica en un balde de agua ya estaba blando y tierno.
  13. Lo saqué, lo sequé, cosa muy necesaria, le puse sal ahumada de Maras, que le queda divina, y un montón, pero un montón de pimienta. Como diez vueltas de mi fiel pimientero en medida gruesa.
  14. Puse al fuego medio mi adorada sartén grande de teflón, previa pasada de aceite con una servilleta, y cuando estuvo bien caliente, puse mis medallones de cerdo con mucho cuidado para que no se pegaran.
  15. A partir de este momento, cada uno de mis siguientes pasos estuvo interrumpido por una vueltecita del cerdo. Me explico: por lo general uno pone las cosas a la plancha vuelta y vuelta. Con el tiempo he aprendido que quedan mejor cuando uno les da varias vueltas. Así la carne no se quema, pero sí se tuesta.
  16. Mientras el cerdo se cocinaba, saqué los plátanos, les quité la cáscara y los corté ,
  17. Recalenté brevemente mi salsa de huancaína, tomates amarillos y morrones y la puse sobre los platos.
  18. Puse los plátanos al plato (Qué frase tan fea, pero tan exacta)
  19. Para entonces el chanchito estaba a punto. Lo puse con cuidado sobre la salsa.

Estábamos listos para la foto. Clic, clic, y a comer se ha dicho.  Veo que es un camino de 19 pasos. Podría haberlos reducido a tres o cuatro líneas para no intimidarlo. No se deje intimidar, amigo lector, léalos de nuevo y verá que en realidad es poca cosa y muy sencilla.

Amarillo es el color del verano. Amarillo resultó ser el color de lo espectacularmente sabroso. Casi sin intervención mía, había logrado una combinación maravillosa. La salsa, donde estaban intactos los sabores del morrón, el tomate y la huancaína, presididos por el aroma de la naranja su levísimo amargor, entraba en magnífico contraste con la contundencia del cerdo costrudo y sabrosamente apimentado y la dulzura ligeramente ácida y casi inconcebiblemente fragante de los plátanos. Digo plátanos en plural, porque una de sus virtudes es que cada plátano tiene un sabor propio, distinto del otro, y como cocinero cuidadoso, puse  en cada plato porciones procedentes de los dos plátanos que cociné.

Nota dietética. Carbohidratos, verduras, carne. La santísima trinidad. A mí los plátanos me van muy bien en términos glicémicos, así que los como con tranquilidad. El tomate es una bomba vitamínica y de antioxidantes. El lomito magro de cerdo es una de las carnes con menos grasa y colesterol. Menos, por lo que leo, que la propia pechuga de pollo.

Nota histórica. Por extraños que le parezcan los tomates amarillos, es interesante saber que ése era el color de los primeros tomates que fueron de América a Europa. Todavía hoy se llaman en francés e italiano manzanas de oro (pommodore y pomodoro respectivamente).

Comparta y disfrute:
  • Print
  • StumbleUpon
  • del.icio.us
  • Facebook
  • Yahoo! Buzz
  • Twitter
  • Google Bookmarks
  • Add to favorites
  • Bitacoras.com
  • Live
  • Meneame
  • PDF

 Leave a Reply

(required)

(required)

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

   
© 2011 La cocina de Leticia y don Lucho Suffusion theme by Sayontan Sinha